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14 agosto, 2012

Prólogo




C
ORRE, corre por un gran bosque de verano a la luz de un Sol poniente que, a pesar de estar empezando a evadirse de aquel mundo, sigue brillando con fuerza, casi con furia, como si quisiera ayudar a aquella pobre muchacha que no sabe a dónde ir.
La joven se cae, tropezando con una rama que sobresale tras montañas de tierra humedecida por las lluvias esos últimos días. A pesar de ser verano, el otoño amenaza con sustituir a la calurosa estación más pronto de lo esperado.
Permanece allí tumbada y boca abajo un rato largo, sin moverse, casi como si esperase poder desaparecer si no se mueve durante mucho tiempo. Al darse cuenta de que sus plegarias de esfumarse no sirven de nada, se coloca boca arriba y espera a que las pisadas se oigan más y más cerca, hasta que las acaba oyendo a su lado, seguidas de unos pies encaletados en unas deportivas blancas—aunque ya negras por el barro y la suciedad del bosque—, y unos vaqueros con la parte baja rota y gastada de tanto correr y pisarla. Ella prefiere no mirar hacia arriba, no quiere observar el final que le espera al posar su mirada en la de su «captor» o “salvador”, como prefieren llamarse.
La chica se digna, al fin, a levantar la vista, posando su mirada en unos ojos grandes y oscuros como el firmamento, a los cuales no podía distinguirse donde terminaba la pupila y empezaba el iris.

— ¿Qué?
 Fue lo único que pudo decir antes de desvanecerse y que todo se volviera negro.


Un tipo de ojos oscuros mira a aquella muchacha tendida en el suelo, sus ojos se cierran justo después de soltarle aquella pregunta tan estúpida e insensata, no entiende cómo una humana puede ser tan… ¿indisciplinada?, ¿cabezona?, ¿valiente? Tal vez fuera un poco de todo. El extraño suspira y, con un grácil gesto coge a la joven y la carga sobre sus hombros, sujetándola bien para que, si se despierta, no intente volver a escapar.
En cierto modo le da pena, tener que hacer que sea algo que no quiere, convertirla en algo que odia.

«Puede que, incluso, llegue a comprender los sentimientos de esta cabezota con tendencia a escaparse de los sitios, puede que, incluso, esté llegando a sentir algo de compasión por ella...» Se va diciendo mientras emprende la marcha hacia el internado, donde todos aquellos humanos que son demasiado jóvenes para ser exterminados, pero demasiado adultos para convertirlos, son enviados y educados para ser mansos y buenos con quienes iban a ser sus “dueños”.
Una mueca pasa por las facciones de aquel muchacho, mientras intenta no pensar en toda aquella tortura a la que son sometidos todos esos chiquillos que no han elegido aquello, que son demasiado jóvenes para tener que vivir todo aquello.

Esta vez, su mueca es seguida por un sonoro gruñido, el cual hace que sus cuerdas vocales vibren con fuerza.

Empieza correr, primero lento, después a una velocidad de vértigo, casi como una sombra. El viento le corta el la cara, intentando hacer que vaya más lento, pero él no lo permite, quiere sentir que es lo correcto lo que está haciendo, que no se equivoca…

1 comentario:

  1. ¡Hola preciosa!, ya me tienes por aquí también! >.<

    Mañana anunciaré en el club que tienes nuevo blog y nueva historia, vale?

    Hasta entonces, que tengas un buen Jueves, muak!

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